No es vergonzoso vender piedras

La minería es una actividad altamente cuestionada desde lo político, lo social y lo ambiental. Su desarrollo se asocia frecuentemente con poderosos grupos multinacionales que explotan, sin ningún control, las riquezas naturales de los países con escasos beneficios para el desarrollo local. Esta visión pesimista está en parte abonada por el aporte de un nutrido grupo de economistas que condenan a los países productores de materias primas al atraso permanente y ven a la minería como una actividad menor, casi como una maldición. En cierta medida consideran vergonzoso que los países “vendan piedras”.

No todos los países reniegan o desconfían del negocio minero. 67% de las exportaciones chilenas, 51% de las australianas, 31% de las canadienses y 16% de las ventas brasileras al mundo son minerales. Esto no avergüenza a sus pueblos, empresarios o dirigentes políticos. Codelco, empresa estatal chilena, BHP, privada australiana o Vale, privatizada con control estatal brasilera, son los mayores contribuyentes en materia de impuestos y las principales fuentes de inversión en sus respectivos países.

La minería responsable, con fuerte control estatal, tiene para el desarrollo de los países algunos elementos singulares. Primero, los proyectos mineros son fuente de empleo formal con altos salarios en zonas remotas. Los proyectos mineros se desarrollan en lugares inhóspitos que requieren de fuertes incentivos para la captación y la retención de recursos humanos capacitados. Segundo, el desarrollo de los mismos requiere de inversiones complementarias en hotelería, caminos, energía y agua. En algunos casos también incluyen hospitales y escuelas. Tercero, la decisión de invertir en minería está basada en horizontes de planificación de largo plazo. Los contratos de ventas de minerales se realizan a futuro y son de largo plazo, a diferencias de los agrícolas donde prevalecen las operaciones a término o a plazos menores. Esto obliga a las empresas a establecer fuertes vínculos con la sociedad donde invierten. Cuarto, la fuerte demanda asiática actual hace viables emprendimientos cada vez más alejados de los centros de consumo en una industria donde los costos de los fletes son determinantes.

Seguramente “vender piedras” no resuelve todos los problemas de empleo, de atraso, ni de distribución del ingreso. Ningún chileno está conforme con vender cobre, ni los australianos con el carbón o los brasileros con el mineral de hierro. Mientras tanto, las exportaciones mineras argentinas alcanzaron en 2010 los U$ 3.700 millones (dos tercios de esto es oro y un tercio es cobre) y representan el 5% de las ventas totales al mundo. Las exportaciones mineras crecieron dos veces más (60%) que las totales (23%) y se han puesto en marcha inversiones para duplicar las mismas en los próximos años. El desarrollo de una nueva industria como la minería aporta a las provincias más alejadas, y al país, una nueva fuente de diversificación de su ingreso. Esto ha sido posible sólo con la decisión política de asegurar instituciones legales creíbles. Vender piedras no es vergüenza, lo es más negarse a ver las montañas…

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