El Dr. Fondo equivoca la receta otra vez

Asistimos perplejos a una nueva ola de mala praxis internacional. El primer ministro de Portugal anunció ayer un nuevo acuerdo con el FMI. En este caso no se trata de experimentos aislados en países periféricos del “tercer mundo”, sino de casos de laboratorio en el mismo centro de la civilización europea. Los feroces planes de ajuste, las marchas contra los mismos y las renuncias de políticos no ocurren en capitales remotas de la aldea global. El Dr. del mundo vuelve a equivocar sus prescripciones y obliga a sus socios a tomar la píldora equivocada, ajuste y distribución social de las pérdidas. Esto no es casual. El diagnóstico de este profesional lo lleva a pasar por alto la verdadera enfermedad de las economías europeas y, como es conocido, a concentrarse en la defensa del interés de los acreedores externos, de hecho el primer desembolso del acuerdo está previsto que arribe antes de los vencimientos de Junio 15.

La enfermedad europea no es nueva ni desconocida: el empacho de deuda. Ya hay tres enfermos bajo tratamiento. Los economistas llaman a la dinámica que deriva en este mal, esquema de “Ponzi” en honor a un italo-norteamericano que se endeudaba para pagar sólo los intereses de sus obligaciones. Hoy gracias a “Maddoff” conocemos su versión más refinada. La sufrieron las economías latinoamericanas en los 80, fue parte del fin de la convertibilidad argentina y estuvo presente en la crisis sub-prime de los Estados Unidos.

Como siempre, el Dr. Fondo acude al llamado de los acreedores externos. Sus misiones arriban a los países cargadas de su equipamiento racional para terminar la fiesta con un rotundo ajuste fiscal que restablezca la confianza de los mercados y evite el default de un nivel de deuda de dudosa sostenibilidad. El ajuste debe ser rápido y profundo para revertir las expectativas y asegurar, sobre todas las cosas, de que los acreedores no tengan pérdidas significativas. Poca atención se presta en este contexto a otras variables como la destrucción de puestos de trabajos, del sistema productivo o del tejido social. El incremento de la pobreza o las pérdidas humanas son sólo efectos no deseados.

Ya no caben dudas, el Dr. Fondo no puede seguir ajustando para salvar lo insalvable. Los problemas de solvencia no se resuelven matando al deudor, sino restituyendo la racionalidad que haga viable el funcionamiento de las economías. Las pérdidas no pueden ser asumidas sólo por los pueblos. Los más vulnerables, los niños, jóvenes y ancianos no pueden cargas con el costo de una fiesta a la que no fueron invitados. El gobierno argentino lo tuvo en muy en claro en el 2003 y, haciéndose cargo de la situación, logró sacar a una Argentina enferma de su lecho. No hay otra salida. No hay Doctor ni receta equivocada que funcionen. Las pérdidas no pueden ser socializadas desconociendo la voluntad de los pueblos.

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