Las heridas de Malvinas

1976, 1982, 1989 y 2001, son hitos generacionales. En el caso particular de Malvinas será por siempre una herida. La guerra en las islas dejó huellas imborrables en los combatientes y en aquellos quienes la vivimos desde el continente. Las batallas desnudaron nuestras falencias, individuales y colectivas. La derrota resaltó nuestras miserias. Cada dos de abril experimento una fuerte desazón. El reconocimiento a quienes murieron y a los que retornaron con vida nunca será suficiente. La memoria y la reflexión debieran servirnos para reconocer nuestras virtudes y sobre todo corregir nuestros defectos. El típico triunfalismo ególatra y el pesimismo destructivo son signos de una racionalidad colectiva alejada de la realidad. Las Malvinas son y serán argentinas sin derramar una gota de sangre. Las lágrimas y el sudor de nuestro esfuerzo servirán para honrar a nuestros héroes.

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